Karacha

Cordero

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Empezó hace unas quince páginas. 

“Realmente una se desplaza de una balacera a la siguiente”, piensa Silvia, en palabras, entre las palmeras, con la pura imagen, y ve los pétalos, abre la puerta, deja las cosas, dice:


Hace unas noches Ariel había venido con Víctor y habían hecho una fogata. Luego llegaron los demás. Y, se acordaba Ariel, había una piedra cerca, grande, lisa, donde se sentiría, creía, con más confianza para llevar a cabo su acometido.



Volvemos al dúplex, a oscuras.



Arturo baja las gradas. Sigue procesando el hit. Ya debería aprender de una vez: el porro le pega mal. Dos mil quinientos mijo. Suena el timbre. Ya. Piensa: “no pienses”. Abre, y ya, está Claudia, chiquita, de ojos color miel y churos castaños, con la nariz puntiaguda y con olor a río, y, donde terminaba el bibidí, en el hueso del cuello, el tatuaje del aguijón de un alacrán. Arturo se encuentra con sus ojos, bien abiertos, y queda medio pasmado, y está tan nervioso, tan fumado, que se ve a sí mismo desde afuera, parado, con sonrisa estúpida, mientras la cara de Claudia cambia en cuatro, cinco microgestos distintos.

Hasta que salga, o hasta que baje, sugiero le ofrezcamos un minuto de atención a esa majestuosa lagartija con lengua de rubí, congelada al acecho en piedracuarzo y cuya mirada sinclemencia recalcitrante no apunta al recién llegado, llegada, sino a quien ose sentarse en el sofá contra la ventana, que (esto no lo sabe Víctor) tenía una pata rota. Una escultura que te toca el alma, o por lo menos los nervios, o por lo menos a mí. Ese snapshot de kinestesia reptil. La amenaza: aquí no hay sala de vengan a tomar whisky y sáquense los zapatos: esta es una sala de espera. ¿Sabes con qué puedes tapar, si tanto te afecta? Con la pantalla de la laptop.

Estruendo del excusado. Sale Arturo, que abre la puerta antes de terminar de lavarse las manos. Suena Jackie Wilson: your loves keeps lifting me higher. Eso es lo que suena. Arturo se imagina jugando videojuegos. Arturo se pregunta quién es la mujer que acaba de subir. Arturo se sienta frente a la lagartija, con las manos mojadas, a esperar, y recuerda cómo el viernes, hace dos días, había despotricado fehacientemente contra lo inmoral, lo funesto y adefecioso de dejar de grabar instrumentos, de dejar de tocar notas, de abandonar la magia misma de la canción vuelta canción por, por, “el ei ai”. Puta madre. Y claro que había pasado un leve shock cultural cuando se pasó de los candelabros del conservatorio a las lúgubres buhardillas del after party, pero siempre con respeto, principios, respetando el esfuerzo ajeno. “¿Pero los samples?”, “¿Pero y el mixer?”, “¿Y el Bocanada de Cerati?” Claudia que había entrado como un manantial de luz y que sin embargo no había llegado a sonreirle. Que ya estaba por volver a bajar. “Es como, ya, para siempre. Soullessness. Música de aeropuerto. Ni eso: de le comunico con el operador. Esa música. Eso, tres sucas y dos bad bunnies. Sintético. Sin feeling. Sin espíritu: canciones muertas, o por lo menos falsetas”. “Qué bacán tu opinión loco”. ¿Ella también trabajaba aquí? ¿Y Silvia? ¿Estas cosas pasan en este país? Y bueno ya nada, ya qué, decir humildemente me equivoqué, me lo obligaron las circunstancias, sabes que estaba medio chiro. Igual no les iba a ver en tiempos. Arturo se siente observado por la escultura, sí, pero además era como si todo el resto de la casa le estuviese grabando. Ese espacio tan reducido de sala comedor cocina tendría unos 16 enchufes entre suelo y paredes. Paneles, como champiñones plateados, little plastic media hubs, con lucecitas azules bastante discretas y bueno, claro, cables, por donde ellos quieran, pero pocos, y seguramente cada año menos. ¿Que para qué habrán servido? Artilugios residenciales, que permitían modular la luz, el agua, el aire, la música, las persianas, la especie de flor del ambientador y así. Arturo sabía, era intuición pero sabía que más uno de esos aparatos le estaba grabando. Y, con todo lo que había discutido hace unos minutos, lo mejor, pensó, era entretener otro tipo de pensamientos. Como su inminente mudanza, por ejemplo. “No digo que no haya talento. Si yo vivo de esto. Digo que es una máquina. Eso. A una máquina, a una canción hecha por una máquina yo no puedo tenerle devoción. Yo no puedo sentirla.” De hecho, se jactaba de que, muchos años después, había logrado que todas sus pertenencias quepen en una sola maleta. No la había usado en un buen tiempo, es cierto, pero la mayoría de sus indispensables podían viajar sin necesidad de camionetas o sobrepeso. Los parlantes, los audífonos, cinco calzoncillos. Qué más. Por lo demás, pensaba Arturo, era una manifestación clara de desapego, y por ende libertad. Y sin embargo, al conectar una cosa con la otra, la maleta con su uso, difícilmente este sitio, esta empresa iría a repercutir en mayores oportunidades creativas, o de crecimiento espiritual. O quién sabe. De una forma u otra, es como si la plegaria hubiera sido escuchada: con o sin genuinidad, lo cierto era que esta misma noche podría ponerse a empacar.


El tiempo pasa, se nubla, se desnubla, el sol que los acogía se vuelve inclemente, incandescente y ahora les pega en la cara. Hay que irse, ya, y el que más requiere terminar la recolecta es CE11, que sabe que su atuendo y su correcto funcionamiento depende de condiciones climáticas templadas y a quien, con semejante salario, ya no le avergonzaba tanto haberse vuelto tan vulnerable a hazards naturales o sintéticos, físicos o mentales. Emocionales no, no creo: él como ninguno había levantado un campo de fuerza que lo protegía de comentarios tóxicos o desenlaces de evaluaciones de desempeño. Pero no se trataba de cómo se sienta al respecto: la posibilidad de que se estrese estaba latente, sí, cada minuto de cada día, no importa cuánto se invierta para impedirlo, y más que por venganzas sobrenaturales, preocupaban sus prolongadas, costosísimas indisposiciones, su contagioso desdén, su alteraciones impredecibles: en su temperamento y comportamiento con los colegas, sí, pero sobre todo porque eso se reflejaba en bugs, glitches y user-facing issues. “La mente del programador es un templo”, había dicho Víctor alguna vez, y se arrepintió para siempre. No vamos a juzgar la conducta del empleado, por lo menos no en domingo, pero creo que sirve como preámbulo para entender la urgencia con la que actuaron Liliana y Ariel - hípersensibles a todas luces - para sacarlo de allí, de este peligo.