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Empezó hace unas quince páginas.
“Realmente una se desplaza de una balacera a la siguiente”, piensa Silvia, en palabras, entre las palmeras, con la pura imagen, y ve los pétalos, abre la puerta, deja las cosas, dice:
- Ya volví.-
- Señorita Silvia - dice Carmela.
- Hay un puesto más.-
- Once están.-
- Ah, ya le dijeron.-
- Sí. El joven.-
- Yo mismo le dije.-
- Sí. El viernes me dijo.-
- Ah. Ya. Bueno.-
- Sí. Ya en un rato ya sale.-
- Okay. Por favor páseme un posuelo. ¿Cómo salieron los patacones?
- ¿Patacones?-
- Los patacones.-
- Yo como entendí que iba a ser al estilo vegetariano.-
- ¿Qué es lo que ya mismo sale?-
- Las costillas.-
- ¿No tenemos nada?- dice Silvia.-
- No huele las costillas. Además ya está la salsa: la ensalada es de hacer no más.-
- Pero y qué van a comer. Arroz. Tallarines. Algo que les llene las barrigas.-
- Yo pensaba que era a dieta. O que era con pan.-
- ¿Y dónde está ese pan?-
- No sé señorita Silvia. Yo me puse a hacer las costillas.-
- ¿Y ya están?-
- Ya, que salgan.-
- Bueno. ¿Hay verde? ¿Fideos? ¿Papas?-
- Sí tengo el verde de mañana.-
- Ya. Saca dos ollas y ponte a hacer patacones.-
Lo que son las travesuras del devenir: van concertándose los hechos y terminamos con Silvia, un poco más decidida pero con menos compostura, enfrente de su ensalada, que preparará ella y sin supervisión. - No hay por qué hacer con dos.- dice Carmela.-
- Ya. Ya. Haz. Haz patacones.-
Carmela, curca y adolorida, que se agacha a sacar las ollas viejas con cara de estarse guardando aún más dolor. - Dime qué necesitas.- dice Silvia, que por su parte está muriéndose de rabia.-
- Estoy bien señorita Silvia. Todavía tenemos como media hora hasta que venga, una hora más hasta que coman.- Y echa un chorro de aceite a la cacerola.
- ¿Tanto le pone?-
- Puede que algunos lleguen antes. - dice Carmela.- Pero no importa. Los guaguas son un poco más impacientes.
- Bueno. Que se esperen.-
Carmela, entre un pensamiento y otro, ya tenía la tabla y el cuchillo en el mesón y se cruzaba la cocina para ir a la pequeña alacena y sacar cuatro verdes largos, inmaduros pero rebanables, y ponerlos junto al fregadero. - ¿No hay quién vea la carne?- pregunta Silvia, y Carmela, que se moja las manos y moja los bananos, no puede evitar pensar: “si todavía no empieza”. Y Silvia, enfrente de sus rúculas emplasticada,s que había dejado la cartera, quitóse y amarrose la blusa, y había sacado el teléfono, y aunque tenía alguna vergüenza de volver a su app recetario con tanta frecuencia, tenía que seguir brava por el improperio de tener invitados y no haber preparado comida. Lava las lechugas, deja en un recipiente, saca las rúculas, lava, vuelve al recetario.
- ¿Me pasa una toalla?-
Y Carmela le hace una cara. Y Silvia se siente sola, como la semana antes de casarse, y Carmela se agacha de nuevo, y mientras tanto Silvia piensa que este método no le está gustando del todo. - Quizás yo también necesito un cuaderno -dice.
- ¿Qué tiene que hacer?
- No, sigue, sigue. No hay quien vea la carne.-
- Ya está. Ya está desde hace horas.-
Y en eso se oyen los pasos de las gradas. De parte de Tancredo Preta, concluyen casi al mismo tiempo. Bueno. Que no hable de más no más. O, más bien, que no las involucre demasiado. Pero eso para Silvia era un asunto inconsciente: encontrarse con un hombre y que se ponga a hablar consigo mismo. Lo delicado era que mientras ejecutaba la maniobra tenía que encontrar la correcta combinación para que el plato libere la ligera melancolía del otoño -no niegues tus emociones, exprésalas, disípalas- con los sabores orgánicos de estas [hojas] cuidadosamente seleccionadas. - Los llanos.- había dicho Víctor.
- El Llano en Llamas. ¿Eso has leído?- le había preguntado Tancredo, el ser que sube ahora mismo, con sus canas rectas y la pana con telarañas. Y a ella, a Silvia, le daba más que nada chiste. Cómo tripeaba a su rincón de la enciclopedia, así, de la nada. Y, en efecto, llega hoy, indudablemente bañado, de polo, polín y poliéster, dispuesto a mecer sus articulaciones y sentir que le escuchan y dejar su mella, su itinerario añejado: así es como me enseñaron a disfrutar del momento. No va a lograr evitar mirar, con deleite reptil, la silueta de Silvia, desde la cintura al piso, pero para Silvia aquello era un adefecio, un remanente biológico, que podría reciproceder en distantes apapachos o, ahora, en un cuidadoso cuestionario que desfogue sus atenciones hacia lo lejano, lo curioso, lo digno de mención. Ella no podría dejar de pensar en hojas de lechuga crespa y el queso maloliente que tendría que untar encima.
- Tancredo. - dice Carmela.-
- Carmela. - dice Tancredo.-
Como contemporáneos de otra época, con carros a caballo y llamadas al domicilio. - ¿Tú conoces este queso?- pregunta Silvia.
- Buenos días, qué gusto.- dice Tancredo.-
- Bienvenido.- Tancredo la mira, mira el queso, la mira.
- Debe ser de Estrasburgo.-
- Huele bien, ¿verdad?
- Huele bastante.-
- Sí. A ver qué tal nos sale. Mira. Todavía nos queda un rato. ¿Podrías echar un vistazo a las costillas? Están haciéndose solitas en el jardín.-
- Están bien.- dice Carmela, entre los oros.-
- Creo que llegué un poco temprano.-
- No, no, ni mucho menos.- dice Silvia. - Además, creo que nos hace falta un poco de música.-
- Huele bien ese queso.- dice Tancredo.-
- Pero no es francés. - dice Silvia.
- Ah, ¿no? -
- Parece que no.-
- Ah, vaya.-
- Ya te cuento. Pero por favor échale un vistazo a esas costillas.-
- Claro, claro, dice Tancredo, desacomodado de repente. Y sale por la puerta de vidrio, con sus pelos frizzados de intelectual incomprendido, un poco rancio; de esos alunarados higher-thoughts higher-grounds con las medias viejas y de diferentes grises que resaltan el aquí empieza y aquí termina de sus canas de la pierna y sus canas del muslo: aparatos viejos, en declive, que acaso con desidia siguen los obedecidiendo a los comandos de su mente. Tras la silueta de las greñas, la humareda ascendente.
- Ahora sí.- dice Silvia.-
- Ya.- dice Carmela, por decir algo. Ella estaba bastante ajetreada. Una gota de aceite le había salpicado el brazo, pero ella no había dicho nada. Silvia, que procrastinaba los ungüentos del queso fermentado, se daba las vueltas en la cocina.
- Aquí ha habido pan.- dice.
- ¿Sí?- dice Carmela.-
- Sí.-
- Ya ve.-
- ¿Es bueno? ¿De cuándo es?-
- De hoydía pues, de cuándo va a ser.-
- ¿Y por qué no me dices?-
- Es que usted viene tan apurada.- Silvia suspira. Carmela piensa: “todavía no ha empezado”. Lo cual no es del todo cierto, porque ya ha aseado y desemplasticado los brotes de la refrigerado y su queso europeo de procedencia misteriosa ya está intoxicando el espíritu de la gestión.
Hace unas noches Ariel había venido con Víctor y habían hecho una fogata. Luego llegaron los demás. Y, se acordaba Ariel, había una piedra cerca, grande, lisa, donde se sentiría, creía, con más confianza para llevar a cabo su acometido.
- Ve, un ututo.- dice Liliana.-
- Sí hemos visto.- dice Ariel.
- Pero no a este.-
- ¿Qué tiene de especial? - dice CE11.
- No. Nada. Bueno. Que es otro ututo. Es otro ser vivo.-
- Ah.- dice CE.-
- Mándale saludos - dice Ariel.
El ututo, se dice, es un animal inofensivo, que no pica, y que si bien tiene el torso un tanto alacránico y los hábitos nocturnos, y mueve con perspicacia sus antenas, es un bicho chill y si es que lo encuentra en su jardín lo observará en inculminable concilio; acaso los más audaces puede que se decidan a trepar por el tallo y subir por las hojas para ver si se ve la luna desde más cerca. Pero eso pensando como humano, pensaba Liliana: tan solo unos pocos pisos debajo, el ututo era un depredador formidable, que se come mosquitos y moscardones y que además, coincidamos, lucía ese caparazón ópalo brilloso, esa negrura en movimiento, que le impregnaba al manso insecto una distinción un poco macabra. No serán langostas, bueno, pero más que visitar, invaden. Carmela, por ejemplo, no les tiene ningún cariño. No es cariño, tampoco, lo que les tiene Liliana, pero sí un poco de asombro, una distante admiración. - ¿No era por aquí? - dice CE.
Ahí estaba y le esperaba: encapuchada de ramas, la pira sagrada, donde Ariel alguna vez fracasó. Hace unos dos años: su prima Carolina estaba allí. Y no es que había llorado, si Ariel ya no es un niño, digo, un púber que se comporte de esa manera, pero había derrumbado su panache, y se había acongojado, infantil, durante toda la hora del café -cuando solía caer bien y hacer reír y cuando Carolina, unos meses antes de eso, le había cogido de la mano. Pero ya pasó. Ella ya tiene enamorado y se pone puperas y ropitas. Y él, en cambio, aún no ha demostrado que no siga siendo el mismo de aquel entonces. - Este sitio no es tan bueno - dice Ariel. - Vamos más acá.- Liliana viene de más atrás.
- Liliana - dice Ariel. - ¿Tú eres vegetariana, ¿no cierto??-
- Sí, claro. Si ya hemos almorzado algunas veces.-
- ¿Y no te da ganas? -
- De qué.-
- De la carne.-
- Ah. No. No, yo no he comido nunca. Una vez comí, en una fiesta de mi familia, y me tuvieron que internar.-
- ¿Cómo? - dice Ariel.-
- ¿Te llevaron a la clínica? - dice CE.
- Sí. Es que mi organismo no entendía: nunca había procesado carne animal. Y bueno, no pasó nada: me inyectaron y me fui. Pero nunca más. ¿Por qué me preguntas?-
- No, por nada. Porque el otro día vine con mi primo y justo hablaba de eso. -
- ¿Víctor se va a hacer vegetariano? - dice CE11.
- Noooo. No. Lo contrario. Solo hablaba de las costillas, del chimichurri, y que si alguna vez había probado el rack de cordero. Y ese rato ya solo hablaba sobre eso y yo ya quería hablar sobre otra cosa.-
- ¿Le mentiste? - dice Liliana.
- No. No, no, no. No sé. O sea, me dijo como que “claro que has comido rack de cordero” y yo solo le seguí la corriente.
CE11 no se hubiera atravido. Such audacity. Había recibido consignas explícitas de no proceder de tal forma (“no hay preguntas tontas, tonto es el que no pregunta”). Además, no, no solo se podría perder información. Estaba mal. No se le decía a Víctor haber hecho algo que no se ha hecho; eso traía consecuencias. - Ya veo.- dice Liliana.
- Sí… y bueno, pensé que tú podías saber. Y luego me dijo que, que no pues.-
- Ah, pero sí sé lo que es - dice Liliana, con un poco de pena. - Es un borreguito.-
- Es un pequeño costillar - dice CE.- Riquísimo. ¿Eso es de almuerzo?-
- Eso, pero más que nada de chancho, dijo. Dijo que le iban a poner en una cruz, y que se hacía solito, todita la mañana.-
- Y Carmela pintada, qué - dice Lili.
- Eso me dijo.-
Liliana no dice nada. - También hay una ensalada - dice Ariel.
- Con tocte recién partido - dice Liliana.
Ambos hubieran decirlo amistosamente, pero no les salió así. - ¿Ya es por aquí? - dice CE.
- ¿Sentiste una turbación? - dice Ariel, que dirige su agresividad hacia un lugar más familiar.
- No - dice CE. - Yo también estuve en esa fogata.
Era verdad: lo que pasa es que no había dicho nada. Habían llegado los muchachos: Tancredo con Requi, peleándose, contando cosas inauditas, y también CE, con ensoñaciones matemáticas, medio hablando solo, despuescito. Habían puesto música y habían fumado marihuana, a la vista de todos. Era la primera vez que Ariel veía cómo se fumaba marihuana. - Con ge - decía Rekairus. - Mar Iguana. ¿Quieres?-
Pero Víctor no se lo permitió. CE11 tampoco fumó. Luego se pusieron a hablar del programa, con mucha intensidad, y aún así, en ese tema, CE11 solo había corroborado un par de acotaciones técnicas. Ariel no había entendido nada y seguramente era por eso que no se acordaba. - Ah. Sí. Cierto. ¿Sí era por aquí, ¿no??-
- Pero yo no me acuerdo haber visto toctes.-
- Bueno pero ya era denoche.-
- Digo, solo digo- dice CE.
- El árbol es ese - dice Liliana, y lo señala: como apurrungado de sol y aguacero, como de quinientos años, con las hojas frescas o craqueladas, amarillas o quinelas.
- No hay tiempo que perder - dice CE. Liliana se sonríe. Ariel se disgusta, pero no se le ocurre ninguna respuesta.- Ya pues - dice, y saca la lengua. - Hay que ponerse a buscar.- No era cierto. Con sus capuchas aplastadas, desde el tronco a la faldera, los coscorrones esparcidos ante sus propios zapatos.
- ¿Ya tienes la piedra? - pregunta CE.
- Ya - dice Ariel, que se había guardado.
- De nuevo llegó bien tarde.- dice Carmela. Se refiere a Rekairus, se sobreentiende.
- ¿Borracho? -
- Hizo un bullón.-
- ¿Drogado? -
- Ya no sé señorita Silvia. Ya con él no sé.-
- ¿Le tienes miedo?-
- Yo por mí no. Nunca se le va a ocurrir subir. Ya qué fuera. Pero el guagua, que ve todo. La niña Liliana… cómo no me voy a preocupar. Es un horror.-
- Pero… pero no ha pasado nada.-
- No, no, no, no que yo haya visto. Pero usted sabe. La niña Liliana, tan cerquita de todo, que puede que no entienda, y que de repente acabe en una situación lamentable.-
- Ya sin que se pegue nada es un peligro.-
- Por eso. Pero joven Víctor insiste.-
- Y no se va a ir. Y llega otro.-
- Ya sé señorita Silvia. Pero al menos que se separen un poco.-
- ¿Él no hace nada?- dice Silvia, y le señala a Tancredo con la quijada.
- Qué va a hacer. Si es el más volado de todos.-
- Pero no da problemas.-
- Cómo.-
- Cómo qué.-
- Señorita Silvia. No le ha visto. Todo le parece mal.-
- Bueno, bueno, es un personaje.-
- Bueno.-
- ¿Es insoportable?-
- Señorita Silvia.-
- Pero no como Requi.-
- Es que Rekairus… él es como Ratilín. Es como disolvente. Pongan sellos y calaveras. Pero lo bueno, si es que hay algo bueno, es que sí se da cuenta.-
- Y se distancia.-
- O se le distancian ellos. Hasta el niño Ariel se pelea.-
- ¿Y te sorprende? -
- Por qué dice eso. No. Yo con él me llevo muy bien.-
- Porque le mimas todo.-
- Ay. Es que me da pena.-
- ¿Él? ¿El que te da pena es él?-
- Ay, claro. Si son todos rarísimos.-
- ¿Y él no? ¿Tú crees que el ingenuo es él?-
- No sé, no sé, no sé. Nunca ha sido así. Usted saben que en la familia del joven Víctor todos tienen bastante personalidad…- Silvia se ríe. - …pero nunca ha sido así. El más raro, el que menos entiendo, es el ingeniero. Él no da problema, pero vive como le da la gana. Se trasnocha. Se duerme en la sala. Hay días enteros en que no dice una palabra. Y encima en las tinieblas.-
- La penumbra.- dice Silvia.-
- Ay, eso. Puede que hasta medio medicado. Yo sí me pregunto si esas cosas que hacen son permitidas.-
- ¿Si es legal? -
- No señorita Silvia. Peor. Si es que no están haciendo cosas malignas.
- El pecado.-
- No sé. Imagínese. Rekairus que llega drogado a la madrugada. El robótico trasnochado que tiene la cama con pulgas. La trenzada que se pasa jugando con tierra.-
- ¿Y ella? -
- ¿Qué pasa con ella? -
- ¿Le conversa? -
- Bueno, poco. Ella dice poco. También llegó recién pues no.-
- No se comunica.-
- Poco.-
- ¿Y la otra? -
- Y la otra ya sabe.-
- ¿Y entonces? -
- Y entonces seguir rezando señorita Silvia.- Silvie se sonríe. - Con más fuerzas que nunca.-
- No se me burle. Pero sí. Rezarle a San Jacinto: sosiego y discernimiento.-
- Que se calmen.-
- No está sencillo.-
- Upalete.- dice Silvia.- Y tengo entendido que todavía no empieza.
Carmela suspira. - Se figura. ¿No quiere que le ayude? -
Y bien. Y cómo vamos entonces. Los brotes lavados, separados y juntados, dispuestos con pulcritud en un posuelo blanco con fresas y tomates cherry. El queso tan sellado como al principio de la mañana. Tancredo que vuelve del jardín como violentado, por el costillar y sus humaredas. - ¿Tengo que cortarlo en cubitos? - dice Silvia, en voz alta, displeased por el ungüento blanquesino mantecoso del que se había hecho íntima entre mordiscos en el tenis pero que así, en bloque, le expelía y le repelía desde la percha del supermercado, desde la canasta, desde el mesón cristálido náutico color crema y también desde este de madera. Como quitar las escamas del pescado o ese catálogo de travesuras modernas de su amiga Mariemilia: no tengo nada en contra, pero yo no quiero estar allí. Ni poses rapaces ni quesos podridos. Y algunas actividades más.
Detrás suyo, Carmela había puesto, no sé, dos docenas de rebanadas de verde frito sobre la servilleta de papel: habría que aplastarlos y habría que echarlos de nuevo. - ¿Está bien? - pregunta Silvia.
- Sí.- dice Tancredo.- Huele riquísimo.-
- No se ha quemado.-
- No, no. Ni mucho menos. Sí me saqué una gilletcita.-
- ¿Y?-
- No. Suavita. Jugosa, y con olor a jardín.-
- Qué bueno.- dice Silvia.
- Ya ve.- dice Carmela.-
- Creo que va a ser un día bien especial.- dice Tancredo.-
- Sí. Veamos. Ojalá. Oye. Lo que no queremos es pasar todita la mañana en silencio.-
- Ah, cierto. Claro, Claro.-
- Pero vas a tener que hablarle.-
- Ningún problema. -
- Pon lo que quieras, pero que vaya con el solcito. Y luego por favor vienes y te haces un trago.-
- ¿A qué es lo que le debo hablar? - dice Tancredo.
- Cómo.- dice Silvia.-
- En la sala. - dice Carmela.- Párese y háblele.-
- Hacia dónde.-
- Háblele. Ya el aparato ya sabe. Pida.-
Tancredo le pide Ravel. La señorita insubstancial se presenta, especifica detalles de la grabación y suena Ravel, orquestal y enviolinado, en el comedor y en la cocina, y Silvia se dice: cierto. Cierto que este señor era así. - Argentina.- dice Tancredo.- Argerich, argentina.-
- ¿Sí?-
- Martha Argerich. La pianista. Tuvo dos guaguas: al asiático le dejó en adopción.-
- Pucha.-
- Pero brillante.-
- Estoy oyendo.- dice Silvia, que demora cuanto puede sus respuestas. Tancredo va a su ritmo.
- Era como la Messi de los pianos de los sesentas. Y despampanante, por cierto.-
- ¿Sí?-
- Tocaba como en trance: con ímpetu pero también con gentileza. Y con mucha personalidad.-
- ¿Es un poco como las películas de Disney, no?
- Sí, bueno. Una cosa vino antes que la otra.-
- Claro, claro.-
- Y bueno, el director es Abbado, que para mí fue bueno, pero sobrevalorado. Le dieron la batuta de la filarmónica de Berlín, y hay quien dice que los Brahms que grabó allí son definitivos, pero a mí a ratos se me hace un poco pomposo: creo que hay que quienes indagan un poco más adentro. En este concierto, sin embargo, buen gusto y ligereza: en pocas palabras, deja que se explaye la pianista. En fin. ¿Ahora sí te puedo preguntar por este queso? -
- Huele bien, ¿verdad? -
- Pero no es francés. - dice Tancredo.-
- Dé cortando más bien.- dice Carmela.-
- Ah. Por supuesto.-
Tancredo no se imaginaba encontrarse tan atareado tan pronto. Y sin embargo Silvia, que quiere salvaguardarse de chascos y al mismo tiempo no comprende cómo iniciar su enfrentamiento con este bloque oloroso macizo. - Pero a ver mire primero. - dice Carmela.-
- No. Espera. No es tan así.- dice Silvia. - En la receta dice que no es así.-
- ¿Que cómo se corta el queso? - dice Carmela.- ¿Eso dice su programa?
- A ver le leo.-
- Cómo dice.- dice Tancredo.-
Y Silvia alza el teléfono y los tres adultos con la firme expectativa de que lo que diga allí puede que les sorprenda. Tancredo, cierto, era escéptico de que aquellos botones verdes pardos redondeados contengan el fino trato del queso de cabra, si es que era de cabra, al menos en sus fases de desrefrigereamiento y [mescolanza]; pero él seguía recién llegado, y todavía conservaba su sentido del asombro: su disposición a incomodarse en pos de un momento valioso. Carmela se la creía menos. Bolas, rodajas, rallado. ¿Cómo más iba a ser? Claro que había visto sánduches en formas de florcitas o quesos frescos, de Biblián o manchegos, derretidos como cascadas o como tarabitas. Pero. Pero por Dios. Procede Silvia.
Volvemos al dúplex, a oscuras.
- Telepatía.- dice Víctor.- Ya te paso el pdf. La idea principal es esta: te pones a escuchar profundamente. Y yo sí he hecho, sí me ha pasado, he estado allí. Simplemente no necesitas decir nada. Dices: esta persona está con hambre. Dificultades en casa. Self-conscious about her looks. O incluso: quiero poseerte. Y allí, viéndose las caras, y nada más que eso. O a veces hablas, y dices poquito, y ya cruzaste el puente. ¿Sí me sigues? A ver a cuántos BPMs.-
- Sí, sí, entiendo la idea. Y sí me ha pasado pero… pero pegándome cosas.- dice Arturo.
- Con químico.-
- O más natural, pero fuerte.-
- Persignada.
- A veces.-
- Pero eso, específicamente, ¿sí te ha pasado?
- En un festival. En Europa. Sí.-
- Sintonizaste.-
- Sí.-
- Escribiste en tu blog.-
- Sí. ¿Me sigue?-
- Sigues. Si es de usted no te sigo. Te voy pasando. No. Cómo crees. Pero es parte de tu carpeta, entonces tuve que revisar. Para saber cuánto íbamos a tener que pelear.-
- Bacán, gracias.-
- No he dicho que esté bueno.-
- Igual. Lo más importante es sentirse escuchado.-
- Amoroso. Sí. Ahí es cuando dije: “ajá.” ¿No te piensas rehabilitar en el futuro próximo, no cierto? -
- ¿Cómo? De hecho sí estaba queriendo hacer un detox. Pero… hay ratos que la mente clama.-
- No me tienes que decir. ¿Y cómo fue? ¿Machos, hembras, todes?-
- Indiscriminadamente. Pero más mujeres, sí. Porque para eso me concentraba. Creo. Era para eso que me mantenía…-
- RnB.-
- Eso no quise poner en el blog.
- Mejor. Ya. Sí. Aquí es sin tabú. Es un poco de eso, pero no todavía. Ahorita, ahorita, es bastante más simple. Si algo te voy a pedir es que no te compliques. Verás, es esto: you play the notes on the piano -y hace como si tocara un sintetizador de juguete- and it unfurls. Se va generando sola. Programáticamente. Yo digo trueno. Y trueno no es una conjetura artística, un diosito en el sótano. Es un mapa de frecuencias. Y eso va cuadriculado.-
- Our own, personal, Zeus.- dice Arturo.-
- Guao. Bueno. Si quieres. Como vos quieras. Yo le pienso más como Light & Magic: efectos especiales. Pero eso es a veces, eso como te lo vendo yo. En general es más fresco: como Zelda, como Metroid, como esas guitarritas de la cripta de Diablo II. ¿Has jugado Diablo II?-
- ¿Qué? No.-
- Quizás haya que hacerte jugar.- dice Víctor, como si no contara con eso.- La idea es que se va improvisando: tú pones una semillita y va enramándose de mil formas, pero con cientos de parámetros, y además con buen gusto, que es lo difícil de conseguir. Es para eso que entra la inteligencia artificial: para que repita. Para que repita. Por lo demás, puedes ser tan creativo como quieras.-
- Buena la muga.-
- Ni que lo digas.
No nos confundamos: Arturo ya tuvo entonces un mal presentimiento de este playground interminable. Pero para qué repetírnosolo: la deidad actual de Arturo era pagar sus créditos a tiempo. Ya le habían llamado del banco. Que cuándo. Que pronto. Que por favor. ¿Y qué podía decir Arturo? Mañana es mejor. Bueno: mañana es hoydía. La otra opción, ahora mismo, es seguir como hemos ido siempre. Y una voz que recita: hacia dónde, hasta cuándo, cuándo llegaré. Y Arturo piensa: bueno, si la penitencia es esa, ya qué. Soundtracks. Como Kitaj, como Vangelis, como Penderecki. - Ok.- dice.- Ahora entiendo mejor.-
- Es por partes. Baby steps. Yo mismo no entiendo completamente lo que hacemos. Pero te puedo decir esto: hay una transmisión. Ya está gestándose, ya está saliendo, y estamos a punto de partir. Eso llega a tu cuarto o a tus gafas o a lo que fuere. Y en tu máquina se hace de verdad. En tu propio laberinto, tu propia aldea, hecha de cubitos de oscuridad. Con distintos tonos. Entonces es una realidad alternativa. Y tú, amigo, eres el responsable del archivo de audio, del punto wav. Y al otro lado, en otro cuarto del mundo, ponen play. Ok. Hello. Welcome. I’m in your area, this is my environment. Y va a llegar gente, muchísima gente. Entonces no es que te vayas a poner a tocar, aunque si te sirve para los cálculos haz como si fuera así, y cóbrame por tocada.-
- Ok.-
- No. No. Mejor no calcules nada. Pilas. Oye. Entonces vos pones la semilla. A melody. A gentle composition. Y eso vamos repitiendo para todos. Y eso mezclamos con el sentimiento que debería producir el hábitat en ese momento.
- ¿El qué?-
- No me interrumpas. Y eso mezclamos con sus feeds y sus feels y sale una tablita, como dungeons and dragons: 20 de fuerza, chaotic neutral an such and such. Y como hay una computadora conectada, podemos decir: ahora viene este tramo. Y pianitos. Tus pianitos. Nuestros pianitos. Los pianitos del sistema: en lo que quiero que te enforques, porque es medio Aphex Twin la huevada, no solo es en la secuencia de notas, lo que el hombre llama canción, sino en frecuencias: estas grajeas, esta crocantina, estos picos de hercios for the human ear.-
- De eso no sé tanto.-
- Ya sé. No importa. Baby steps.-
- Creo que calo.-
- Y vas a tener cuarto y compu y sintes y va a subir un ingeniero superdotado que te va a mostrar cosas que te van a volar la cbeza. Y vas a aprender y vas a jugar y, si te metes en el trip, va a ser como volver a ser guagua. Como Discovery Kids. Y asegurado con el ministerio, además de todo.-
- Y sintetizadores Roland.-
- Loco, si quieres te conseguimos el piano de Amadeus Wolfgang, pero hagamos que esto se haga de verdad.-
- Ya.-
- ¿Ya? ¿Te unes o te ahuevas?-
- No. Sí. Contráteme. Contráteme tranquilo.-
- Tranquilo.- dice Víctor, y pone Manu Chao. - Entonces puedo confiar en ti.-
- Sí.-
- ¿Aspiración salarial?-
Arturo le da un número, medio acholado. Víctor sonríe. - ¿Qué? No. Mínimo dos mil quinientos. Si no cómo justifico.-
- Chévere. Gracias.-
- Chequeo médico y récord policial.-
- ¿Qué es lo que se chequea?-
- Era un chiste. ¿Crees que puedas tener tus cosas aquí hasta mañana denoche? Yo ahorita te pido la mac.-
- Pero es buena.-
- Bueno. Pero de qué año. Arturo se lo dice.
- Pu. Buena. Ahora pedimos otra. Ableton, ¿sí tienes?-
- Eeeh, sí, eso sí. No tengo que traer muchas cosas.-
- No tienes que aclarármelo.-
Arturo le vuelve a fruncir el ceño. - Ableton, digo.- dice Víctor.-
- No, tengo la anterior.-
- Perfect. Ahora compro.-
- Ehh… ¿no vamos a bajar al almuerzo?-
- Vas a bajar, ya mismo.-
- Ah, no, digo, gracias.-
- Ya deja de agradecerme. Guárdate tus gracias para de aquí a unos tres meses, como quién firmas tu plan accionario. ¿Toallas? ¿Cepillos? ¿Hojas de afeitar?-
- ¿Qué? Claro.- dice Arturo.-
- Buenazo.- dice Víctor. - Última vez que compras. No te compro condones porque aquí no hemos venido a eso. Pero cuando salgas por favor protégete. Y cualquier noviecita, puertas afuera, por favor.-
- ¿Y cada cuánto voy a salir?-
- ¿Cuánto necesitas? ¿Cuánto te es indispensable?-
- Ah. No sé. Pero sí quiero poder salir.-
- Ah, claro. No jaja. Si no nos clausuran los derechos humanos. Puedes irte al banco, al comisaraito, irte al parque, comerte una empanada. O unos ravioli. Lo importante es que aquí no se queme nadie. Que me digas, es súper importante que me digas, quiero parar a vomitar. Y paramos, estiramos las piernas, y te vuelves a subir. Tú eres un adulto. Tú me tienes que decir.
- Unas dos veces al mes.-
- Pero qué. ¿Vas a usar un hotel? ¿Te vas a la casa de tu vieja?-
- Quizás alguna vez a una quinta. O a un concierto. No sé.-
- Bueno. Ya hemos de conversar. Planificando todo se consigue. No te azares antes de hora. Por lo demás creo que estamos. Hasta esta noche te va a llegar un contrato a tu correo; firmas y te paso las credenciales. ¿Cuál es tu mail?
Arturo se lo dice. - Bien. Ahora es arturo arroba karacha punto com. Karacha con ka. Y bueno ahí vas a encontrar más instrucciones. Igual: firmas el contrato y yo mando a duplicar las llaves. Ya. Entonces te voy a pedir que esa firma sea a la brevedad. No seas malo.-
- Seguro.-
Y Víctor al fin abre las persianas. - Esto que suena es Burial.- dice. ¿Habías escuchado?-
- Sí. Muy bueno.-
- Anónimo. Nadie sabe quién es. Yo no sé si podría.-
- Ah. Bueno. No creo que lo que importe es eso.-
- ¿Qué? ¿A ti no te importa?-
- Supongo que un poco. Pero cada vez menos.-
- Qué buena respuesta. Genial, Arturo: la Karacha ha decidido acogerte: estás contratado. Ahora eres parte de nosotros.-
- Estoy emocionado por empezar.-
- Va. Tampoco exageres. Tampoco te impacientes. Ven acá, dame un abrazo. - Se abrazan.- Y ahora por favor sal de mi cuarto, sal por la otra puerta, y ábrele a Claudia, y espérale. Ella te va a llevar.-
- ¿Claudia?-
- De churos, guapa. No te vas a confundir.
- Ya.- dice Arturo.-
- Chau chau.- dice Víctor.- Y le cierra la puerta.-
- Dice que calentemos primero.- dice Silvia. Que primero se deshacen un poco, y que luego sí podemos moldear.
- Ay señora Silvia pero no podemos ponernos a prender el horno a estas horas.-
- Ita.-
- Señorita Silvia. ¿O si no en el microondas?-
- ¿Y el hornito chico? - responde.-
- Ah.- dice Carmela.-
- ¿No le usas?-
- Es que a veces como que no calienta.-
- Cómo.-
- ¿Qué más dice la receta?- dice Tancredo.-
Sigue leyendo. - No, - dice Silvia.- Dice que es poquito. Que se hace como masa, maleable. Que cuando se calienta se hace como plastilina y y luego… luego hay que hacer como bolitas.- - Ya derretido.- dice Carmela.-
- Dice que no se derrite.-
- Claro, esos quesos son así.-
- A ver.- dice Silvia, sin contenerse. -¿Cuáles quesos? ¿Cómo son?-
- Yo he visto, alguna vez…-
- Pero se ha de derretir pues si calentamos.- dice Carmela.-
- Bueno. Hagamos un poco primero, y luego hacemos lo demás.-
- Para ver qué pasa.- dice Tancredo.
Y Silvia pensaba que una vez sacado, una vez cortado y una vez calentado, ese queso iría a oler mucho, mucho más. Y recién allí, recién entonces, empezaba la plastilina.
Piruetas en sol mayor: desde el estereofónico, se calla la sinfónica y Martha takes over, como a carga de la redisposición de los tiempos. - ¿Quiere que yo corte?- dice Tancredo.-
- ¿Qué? - dice Silvia. - No.-
Vale. Vamos a por él. - Pásame el cuchillo.- dice Silvia, como si supiera cuál, y Carmela, con el aceite que echa crispas, desde la olla y con ambas manos ocupadas, le dice
- arriba del microondas, el grande.-
- ¿Cuál?-
Y Carmela hace una mueca de abstenerse de hacer otra, baja la llama, redirecciona el mango y se cruza entre ambos: levanta el [cuchillo] Tramontina del soporte de madera y se lo entrega, sin levantar la mirada, a Tancredo, que quiere desprenderse de la confusión pero que sabe, sin ser especialmente docto en los sentires del prójimo y menos aún dentro de la cocina, que actuar con solidaridad es insistir: arremangarse y sin demasiada presunción batirse con el bloque mantecoso como si él mismo hubiere aplastado las ubres y procurado los fermentos. Pero Silvia lo mira con tenacidad, con noteatrevas, como más vale que no entrometas en mi valiosa lección de vida y Tancredo, aplacado pero aún paternal, le pasa el cuchillo de vuelta como queriendo imbuirlo de indicaciones. Silvia finalmente ha desemplasticado la lonja y la ha manipulado con sus dedos y la ha dejado caer sobre una tabla de tal-vez-madera por lo demás reluciente. Arremete contra el troncho y la corteza resiste, como burlándosele, y Silvia, cortopunzante, que quiere desentenderse, ahora hunde la hoja con fuerzas, como para cerciorarse que esto que está atravesando es la realidad y finalmente el cuchillo se hunde, empantanado. Le pareció que, bueno, tampoco fue tan malo, durante unos buenos segundos, hasta que levantó su excálibur y el acero reveló no solo las migas cárnigas amarillentas, sino los pelitos turquesa del hongo bien alimentado, al aire libre, al final de su brazo derecho, y antes de que huela nada, a Silvia, pobrecita, le da una arcada. Y cómo no, porque el mundo en el que vivimos es este, vuelven a sonar las gradas. - Ya sube.- dice Carmela.
- Te enseño.- dice Tancredo, irreverente ante el aprieto. Silvia se tensa y se renrecta y traga saliva y le pasa el cuchillo con suspiro.
- Hay un movimiento.- dice Tancredo, para quien no hay transición hacia lo catedrático. Puede que no haya vivido una vida con demasiadas extravagancias, pero sí que ha cortado buenos quesos.
Babilonia tú, babilonia yo, babilonia quién. Llega Requi, laca laca, con olor a cola y sebo en las greñas y con la mugre de la vereda fresquita en su pechera. - Buenos días.- dice Rekairus. Alexa pon guagua llorando. - Yo sé de dónde es ese queso.- Le saludan.
- Ah, ¿sí?- dice Tancredo.
- Yo sé cuál es.-
- A ver.- dice Silvia. - ¿De dónde ha sido?-
- Es inglés.- dice Rekairus. - Y, good god, es putrefacto.
Silvia se quiere morir. Sin atajos. Esto ha sido suficiente. - Dicen que hay que calentar.- dice Tancredo.
- Go on- dice Rekairus.
- Y que así se le va dando forma.-
- No entiendo - dice Rekairus - Por qué, si es que tenemos un queso como ese, es la señorita la que lleva el cuchillo.
Rekairus Solórzano, un ejercicio de paciencia. - Que lo corto yo.- dice.
- Adelante.- dice Silvia, que prefiere no pensar.
- Y se corta así- dice Rekairus, que mueve el fierro en ondas mientras se baja y levanta como mandril. ¿Como burlándose? Puede ser. No es solo eso: es que con todas las contrariedades a cuestas, es él el que blande la navaja. Y apunta a un pedazo grande, más que suficiente.
- Mucho.- dice Carmela.
- Like a wave - dice Rekairus, en inglés. Lo que importa es seguirse moviendo, ¿no cierto? Shaz. Rekairus rebana una buena troncha. Silvia quiere ponerse mascarilla.
- Se ve bueno.- dice Requi. - Bien trabajado.
Y mete en el hornito. Durante cinco minutos.
Pasan. Requi Solórzano, con pelos en los dedos, sultán de la calleja, corazón de lagartija, que le curen los curas o que se arregle las encías. - ¿Y bien? -
- ¿Amasable? - dice Tancredo.
- Oh. A bit putrid, well engineered, fine fetid Lancaster cheese.
En modo Playdoh. Lo que en ciertos sitios se denomina quesillo. Pero importado, ensaladizado, y haciendo burbujas bajo la costra. - Ya pues. Bolitas.- dice Silvia, que trata de acordarse como le supo esa vez.
- ¿No vamos a probar? - dice Tancredo.
- No todavía. - dice Silvia.- Ah. Pero quizás habría que ver que vengan las nueces.-
- ¿Pero qué? - dice Carmela. - ¿Qué era con la nuez adentro? Yo creo que se está complicando por gusto.-
- No.- dice Silvia.- No sé. No me acuerdo.-
- No se me confunda.- dice Rekairus.-
- Y ahora la ensalada.-
- Nada de yaoras, dice Silvia.- Sin yaoras.-
- ¿Qué salsa va a poner?-
- Una.- dice Silvia
- Y qué. - sigue Carmela.- ¿Les va a esperar?-
- A ver. Mientras tanto. ¿Ya están cuántos patacones?-
- Unos cuántos.- responde Carmela.-
- Y parecen muy crocantes.- dice Rekairus.
- Tú mete la mano y suelta el cuchillo.- dice Silvia.
- Pero no en ese orden, ¿o sí?-
- Si quieres hazte un trago.-
- Dios se lo pague.- dice Requi. Y se cruza desde la cocina hasta el bar.
Enfermito. Y los tres se densean cuando se atraviesa y se alivian de que se haya deplazado. Él se para en el medio de la sala y dice - The Matrix Tapes, de The Velvet Underground - y se saca los hielos del mueble, y el pomposo, acuático letargo de treinta violines se reduce al rasgar y sentir del rock and roll de cantina.-
- Hagamos bolitas entonces.- dice Silvia, que no se esperaba que ese fuese su decreto predominante de la mañana. - Tancredo. Tú. Haz bolitas con el queso.-
- ¿No quiere que le ayude, madame? - dice Rekairus.- ¿Para apresurar las cosas?-
Y Silvia sabe que Rekairus se le goza. Tancredo, quien podría salvar la situación, parece como entumecido, sensorial y mentalmente, ante tanto atlántico entre sus manitas. Otro que saca la lengua. Ya viejo. ¿Qué tendrá? ¿Sus buenos setenta?
Pero Silvia no concibe que Rekairus toque su ensalada, que la experiencia dependa de eso. Así, acelera el amasamiento a tientas, sin tener claro a qué forma quiere llegar. Rekairus se sirve Campari, le pone triple sec, se echa el whiskacho y cuando se da cuenta de que ha puesto demasiado, se ríe, hjace una mueca con la lengua y opta por aguachentarlo con un par de hielos más. Silvia le ve alarmada. - ¿Eso desayunas?-
Carmela le hace una cara de que mejor no insista. - Solo los domingos. Insisto. ¿No quieres que te ayude? -
¿En qué momento se vuelve una falta de respeto? ¿Una incomodación universal? Silvia querría responderle: “tráteme con más respeto”. Pero no tiene tiempo. - Acompáñeme afuera. Vamos a ver la mesa.
- ¿Qué va a hacer? - dice Carmela.
- A ver que esté servido.- dice Silvia.
- Ya está puesto todo.-
- Entonces ponte a gusto, Requi- dice Silvia, con sutil repudio, - pero por favor…-
- Yo sé qué queso es ese.-
- Ya.- dice Tancredo.
Rekairus le alza las cejas. - Pero esa vez fue sin calentada, y no era tan quesillo. ¿Qué tal está?- - ¿Quieres probar?- dice Silvia.
- Eh.- dice Tancredo.-
- Porque cómo huele…- dice Silvia, en tanto Rekairus se acerca.
- Her life was saved by Rock and Roll- canta Lou Reed, y Requi también.
- A su modo.- comenta Tancredo.- toda la música valiosa, seria, con profundidad, tiene que tener un poco de religiosa.-
- Cómo rima tatai.- dice Rekairus.
Los olores no se le iban, no importa cuánto se enjuague. Ese turrón salino verdoso de calaca envejecida: un trocito, en el cachete izquierdo, a la vista de todos: un trocito ya dejó, y le falta. Pero en todo caso se había bañado bastante, y retenía, de momento, sus expresiones corporales. Pobre. ¿Pobre? ¿Pobre Requi? ¿Pobre Rekairus Solórzano?
O quizás Silvia sí se está confundiendo. Está medio aturdida: entre ese primer acercamiento de Rekairus, su olor a trago, su olor a él, el queso maloliente entre sus dedos y llega a pensar: “¿pero por qué es tan importante que salga bien?0”. ¿Por qué está junta esta gente? Y viven allí. Y salen en la foto. Y piensa: “y el nuevo chico qué pensará de todo esto”. Y ve su rostro. Se dice: no. Qué te pasa. Se horroriza, y por un instante en la cocina, una negrura, una desconexión.
Y luego está de vuelta, milisegundos después. Y Rekairus está al otro lado del mesón, con el queso en la boca y saliendo de escena. - Voy a hacer unos cocteles, ¿te parece? - le dice, como respondiéndoselo.
- ¿Qué tal está?- dice Tancredo.-
- Okay.- le responde Silvia a Rekairus.-
- Ah.- dice Rek. Silvia le ve los dientes. - Ah. Qué delicia.- Eso dice. Y eso a Silvia le alivia.
- ¿De qué vas a hacer los tragos? - pregunta Tancredo.-
- Aló, guardería, un guagua escapado.- dice Rekairus.-
- Qué te pasa.- dice Silvia.
- Era un chiste, ¿ok? - dice Rekairus.
- ¿Qué? - dice Carmela.
- Porque me hacen tantas preguntas. Like a five year old - dice Rekairus, y le ve como si fuera estúpida.
- Pff - dice Silvia. - Sí. Sí, ya te van a venir a recoger.-
Pero la guardería era esto, era aquí. - Alguien sigue borracho.- dice Tancredo.- Parece.
¿Qué es que es tan lento siempre? - Acompáñeme - dice Rekairus. - Y así puedes ver que no haya truculencia. Rekairus, se sabe, había sido bartender en El Iscariote durante muchos añois, así que estaba claro que sí sabía de lo que hablaba. Y claro que Tancredo quería irse tras la barra, si él solo se había pasando trabajando. Podría quejarse de Andy Warhol, hablar de Nueva York, de San Francisco, del legendario peel slowly and see… ¿conocería Tancredo estos sitios? ¿Habrá visto estas cosas?
- Pero deje acabando.- dice Carmela, que ve que Silvia no se lo dice, y que está como mareada, y a punto de desertar, irse a la sala y pedir un caramelo.
- Ya mismo.- dice Tancredo, con su sentido del tiempo distorsionado.
- Bueno cuando te den permiso puedes venir a jugar - dice Rekairus, para quien cualquier intoxicación era válida.
- Harás bien.- dice Tancredo.
- Verás que vienen guaguas- dice Silvia, medio reincorporada.-
- Un Shirley Temple para la digna ciudadana.
- Al menos una margarita, qué te pasa.
Y Silvia piensa: quizás, de hecho, no debería tomar hoy. Es domingo. Y estas personas, a quien se refiere en su día a día con indiferencia y que deberían ser tan distantes, en vivo y en directo le descolocan. Le alteran. Le aturden. ¿O era algo de ella con ella misma? ¿La manifestación de una afectación más grave? - Carmela.- dice Rekairus. - ¿No tendrás un poco de limonada ya hecha? Yo repongo.-
- Ay, cierto.- dice Carmela, que durante los últimos minutos había dejado de sentir la complacencia de haber solucionado los inconvenientes rápido, y bien, y eso se había transformado en una tenue culpa, en un algo está faltando.
- Cierto. Cómo nos olvidamos.- dice Silvia, como enfatizando que no fue ella.
- Discúlpeme, discúlpeme.-
- Sí, sí, pero hagamos.-
- ¿No hay limonada? - dice Rekairus.
- Qué no oyes.- dice Tancredo.-
- ¿Qué?-
- Que no.- Rekairus le responde algo.
- No te escuché. Bajemos el volumen.-
- ¿Cómo?! -
- Ay, por Dios, ya no griten.- dice Silvia.
- Mucho me maltratan. Lo que es yo - dice Rekairus - me voy a fumar un tabaco.-
- Muy bien.- dice Silvia.
Tancredo pega a la mesa con el pie. Carmela le ve, le ve a los ojos, como diciéndole “no vas a dejar de hacer bolitas”. Tancredo no se hubiera esperado que el movimiento lento de sus manos viejas resultase tan indispensable para preparar el almuerzo, pero he aquí. Silvia había hecho tres, tres bolas, y no dejaba de fruncirse y cerrar los ojos y volver a su app recetario, que siempre tenía un detallito más por añadir. - Déjale un ratito solo - le dice a Tancredo.- Es mejor. Luego, dirigiéndose a Carmela: - Cambiemos.-
Se le había ocurrido hace rato. Carmela, como si le adivinara el pensamiento, hubo producido una llamarada impactante desde el sartén. Entonces hubiera sido imposible. Pero ahora ya estaba en la última tanda, y en el último paso. - Espérese - le contestó. - Espérese, está bien caliente, ya sale.-
- Voy a hacer el agua.
Carmela visualiza las frutas cortadas en cubos. - Haga la limonada.- dice Carmela, que todavía no entiende por qué se le pasó la bebida. Pero aquello no tenía sentido: en todo caso con jamaica el trago iba a ser más rico. Y Silvia está a punto de consultárselo a Rekairus, excepto que Rekairus ya ha salido, y se queda parada en medio de la cocina, y se siente inútil, pero es peor que eso: siente que ya nunca podrá recuperar el amor que le tuvo a su ensalada, antes de que exista. Ahora le repele.
- Me voy a la sala. Creo que me bajó un poco la presión.- Y era fisiológicamente cierto.
Tancredo se detiene. - Hijue. Estás bien.-
- Sí, sí, no pasa nada - dice Silvia, que ve que Carmela le hace señas de “más vale que no se lo lleve”. - ¿No tendrá una de sus mentitas glaciales?
- Eh, sí, ya le traigo, me lavo las manos…-
- En la mesa de la entrada hay caramelos - dice Carmela.
Silva va. - ¿Dónde? - - Atrás del florero. Es que si no se comen.-
- ¿Quiénes? -
- Los guambras.-
- Pero… nada, nada.-
- ¿Encontró? -
- Ya, sí.-
- Ya. No sea malito.- Le dice a Tancredo.- Pídale otra música.- Estaba sonando Venus in Furs.
- ¿Cómo?-
- Siguiente.- dice Silvia.
- Gracias.- dice Carmela, y abre al fin la refrigeradora. Los últimos patacones sobre el sartén. Y ve por qué es que se había olvidado.
- Aaah.- dice.- Es que aquí ha estado, claro.-
- ¿Qué cosa?- dice Silvia.
- Lo que trajo esta chica.-
- ¿Qué cosa?- dice Silvia.- ¿Qué chica?-
- La pintora, la señorita Claudia.-
- ¿Qué trajo? Verá que no sea de los cuadros.-
- No, no. Aquí está. Kombucha. Y de sabor jamaica.-
- Ah- dice Silvia.- Qué coincidencia. ¿Y eso vamos a tomar?-
- Trajo bastante.-
- ¿Pero ya probó? ¿Ya vio que esté buena?-
- Señorita Silvia, usted sabe que yo no abriría…-
- Ya, ya, bueno. Entonces te dio haciendo.-
- O comprando, no sé.-
- Bueno. Voy a ver qué tal.-
- ¿Cómo se siente?- dice Tancredo.-
- Mejor, mejor.
Y ya, digamos que curada, se levanta, va a hacia la refrigeradora (mira a su ensalada con pena) y mira las dos botellas largas que dan forma a una funda de plástico en el piso de abajo, tras las compuerta traslúcida. Siente que en la cocina se ha asentado un intenso silencio desde que se ha ido a la sala, y está a punto de solicitarle a Tancredo una nueva conversación, un cuéntate algo, cuando cae en cuenta de la pobreza de su desempeño, aún cuando no soltara el ritmo, y se decía que lo mejor sería no interrumpirlo, por lo menos hasta que llegue a la mitad. ¿Por qué no detuvo la operación de inmediato? ¿Habría una parte de ella que todavía creía que podía exaltar las sensaciones del otoño, como le había prometido The Crescent? ¿Y que para ello tenía que seguir creyendo que fueran esos precisos ingredietnes, con la única excepción de que en vez de nueces del súper usuaríamos toctes del río? ¿Podría eso salir mal? ¿Qué vengan con fango, sudor, gusanos? Ahora mismo, por ejemplo, caía en cuenta de un nuevo contratiempo: la kombucha estaba deliciosa. - Ah - dice. - Está bien. Quizás haya venido comprando. ¿Tú quieres un poco? - le pregunta a Carmela, acalorada.
- ¿Ya no hago entonces?-
- ¿Qué es esto de que ya no quieres hacer las cosas? -
Carmela le devuelve el vaso, herida. - Pero no va a ser de lo mismo pues. Además esta está bien buena.-
- Pues no sé. No sé si esto vaya con el trago.-
- No - dice Tancredo.- Es fermentada.-
- ¿Seguro? - dice Silvia.
Tancredo también le ve. - Sí.- No tenía razón, pero ya qué. - ¿Qué iba a ser la salsa? - dice Carmela.-
- Que vengan los toctes y le muestro. Bueno Tancredo. Me voy a hacer un gin tonic con agua de lata y concentrado de limón. ¿Quieres un poco?-
- Encantado.- dice Tancredo.
- Los toctes ya están llegando.- dice Carmela.
Se abre la puerta con violencia. - ¿Ya? -
No. El que entra es Rekairus Solórzano, descuarejingado pero con determinación. Ahora su metabolismo ya está procesando nicotina. - Qué buenas costillas.-
- ¿Te comiste? - dice Silvia. Carmela lo mira con horror.
- No quedó una.- dice Requi, y se lame los dientes.
- Ay Dios mío.- dice Carmela.
- Espérese señora, no se nos infarte. Comamos primero.-
- No te comiste.-
- ¿Por qué creen que yo no tengo educación? Vi la carne desde lejos. Mi recompensa. Al fin, para mí. Y me decía ven. Ven con tus colmillos, tengo para todos. -
- Rekairus ya vienen los niños. Por favor. Un día no hables de cosas pornográficas. -
- ¡Y me tentaba! ¡La carne desnuda! ¡Henchida de sangre!
Tancredo se ríe.
Silvia suspira. - No te comiste.-
- No, no, no. No sé si sea gula o codicia lo que les hace malinterpretarme de esa manera.-
- Supervivencia.- dice Tancredo.
- Ah, pero qué fino lo tienes tú, amigo: ¡sigues haciendo bolitas!-
- Hasta que esté no más- dice Silvia.
- Por cierto, primor, me acordé a medio cigarrillo de que dejé sus bebidas en fase de intención. ¡Y cómo me estaban saliendo! Se lo ruego, milady, muestre misericordia.-
- Pu. Ya estamos haciendo otras.-
- ¿De veras? - dice Rekairus.- ¿Es esto cierto? Tus palabras me quiebran el corazón.-
- Y las tuyas me están impacientando.- dice Silvia.- Ya llegan los guaguas.-
- ¡Qué deleite! - dice Rekairus, que brinca como Tribilín.-
- Está borracho, pero ya se ha de dormir.- dice Tancredo.-
- ¡Cuida tu cuello, anclas flacas! - dice Rekairus, que le da un tinguetazo y luego se escurre entre los pilares, al mismo tiempo que suena el timbre y Tancredo se da la vuelta y queda tieso, por segundos, con las piernas hacia un lado y el torso para el otro.
- ¡Amigos! - dice Rekairus, y abre la puerta.
Arturo baja las gradas. Sigue procesando el hit. Ya debería aprender de una vez: el porro le pega mal. Dos mil quinientos mijo. Suena el timbre. Ya. Piensa: “no pienses”. Abre, y ya, está Claudia, chiquita, de ojos color miel y churos castaños, con la nariz puntiaguda y con olor a río, y, donde terminaba el bibidí, en el hueso del cuello, el tatuaje del aguijón de un alacrán. Arturo se encuentra con sus ojos, bien abiertos, y queda medio pasmado, y está tan nervioso, tan fumado, que se ve a sí mismo desde afuera, parado, con sonrisa estúpida, mientras la cara de Claudia cambia en cuatro, cinco microgestos distintos.
- Hola.- dice ella, y le extiende la mano. Incluso se hace un poco hacia el lado.
- Hola. Soy Arturo. Buenos días.-
- Claudia. Buenos días. ¿Sabes si Víctor está arriba? -
- Sí. Sí está. Ehh… me dijo que te espere.-
- ¿A mí?-
- Eso me dijo. Para ir a la comida.
Arturo sabe cómo llegar. Se lo explicaron en ese mismo sitio. Claudia le ve extrañada. - Bueno, por algo ha de ser- dice, y no dice nada más. Arturo se da cuenta, se hace a un lado, la deja pasar, hace un esfuerzo por dejar de mirarla antes de que suba las gradas, le mira las costillas, dice
- Suerte -
Y ella le frunce el ceño, post-micro-gestual, se retracta, ve la maceta a mediagrada y suelta los cachetes a la serenidad de oficio. Arturo se decide a servirse un vaso de agua, como le habían enseñado hace poco, y cuando Claudia entra en la oficina, arriba, y se cierra la puerta, Arturo piensa: “por algo ha de ser”. De un rato al otro se siente contento. Back on track. Siente que las dificultades están dando fruto. No. Siente la presencia de Claudia, que no se disipa porque no se ha ido, y sigue, ahí, siendo de verdad, en este mismo dúplex. Arturo se toma el agua junto al fregadero y mientras toma cae en cuenta que no es una cocina de gente que cocine. Que los muebles están nuevos desde hace meses. “Tome agüita, tome agüita”, se dice Arturo, “que nadie nos está incitando a jugar al detective”. Arturo se resuelve a ir al baño, a estarse quieto un ratito, y cuando entra se da cuenta de que puede escuchar, si no el contenido del intercambio verbal entre Claudia y Víctor, el subibaja de sus cadencias. Pero cierra la puerta, y allá él.
Hasta que salga, o hasta que baje, sugiero le ofrezcamos un minuto de atención a esa majestuosa lagartija con lengua de rubí, congelada al acecho en piedracuarzo y cuya mirada sinclemencia recalcitrante no apunta al recién llegado, llegada, sino a quien ose sentarse en el sofá contra la ventana, que (esto no lo sabe Víctor) tenía una pata rota. Una escultura que te toca el alma, o por lo menos los nervios, o por lo menos a mí. Ese snapshot de kinestesia reptil. La amenaza: aquí no hay sala de vengan a tomar whisky y sáquense los zapatos: esta es una sala de espera. ¿Sabes con qué puedes tapar, si tanto te afecta? Con la pantalla de la laptop.
Estruendo del excusado. Sale Arturo, que abre la puerta antes de terminar de lavarse las manos. Suena Jackie Wilson: your loves keeps lifting me higher. Eso es lo que suena. Arturo se imagina jugando videojuegos. Arturo se pregunta quién es la mujer que acaba de subir. Arturo se sienta frente a la lagartija, con las manos mojadas, a esperar, y recuerda cómo el viernes, hace dos días, había despotricado fehacientemente contra lo inmoral, lo funesto y adefecioso de dejar de grabar instrumentos, de dejar de tocar notas, de abandonar la magia misma de la canción vuelta canción por, por, “el ei ai”. Puta madre. Y claro que había pasado un leve shock cultural cuando se pasó de los candelabros del conservatorio a las lúgubres buhardillas del after party, pero siempre con respeto, principios, respetando el esfuerzo ajeno. “¿Pero los samples?”, “¿Pero y el mixer?”, “¿Y el Bocanada de Cerati?” Claudia que había entrado como un manantial de luz y que sin embargo no había llegado a sonreirle. Que ya estaba por volver a bajar. “Es como, ya, para siempre. Soullessness. Música de aeropuerto. Ni eso: de le comunico con el operador. Esa música. Eso, tres sucas y dos bad bunnies. Sintético. Sin feeling. Sin espíritu: canciones muertas, o por lo menos falsetas”. “Qué bacán tu opinión loco”. ¿Ella también trabajaba aquí? ¿Y Silvia? ¿Estas cosas pasan en este país? Y bueno ya nada, ya qué, decir humildemente me equivoqué, me lo obligaron las circunstancias, sabes que estaba medio chiro. Igual no les iba a ver en tiempos. Arturo se siente observado por la escultura, sí, pero además era como si todo el resto de la casa le estuviese grabando. Ese espacio tan reducido de sala comedor cocina tendría unos 16 enchufes entre suelo y paredes. Paneles, como champiñones plateados, little plastic media hubs, con lucecitas azules bastante discretas y bueno, claro, cables, por donde ellos quieran, pero pocos, y seguramente cada año menos. ¿Que para qué habrán servido? Artilugios residenciales, que permitían modular la luz, el agua, el aire, la música, las persianas, la especie de flor del ambientador y así. Arturo sabía, era intuición pero sabía que más uno de esos aparatos le estaba grabando. Y, con todo lo que había discutido hace unos minutos, lo mejor, pensó, era entretener otro tipo de pensamientos. Como su inminente mudanza, por ejemplo. “No digo que no haya talento. Si yo vivo de esto. Digo que es una máquina. Eso. A una máquina, a una canción hecha por una máquina yo no puedo tenerle devoción. Yo no puedo sentirla.” De hecho, se jactaba de que, muchos años después, había logrado que todas sus pertenencias quepen en una sola maleta. No la había usado en un buen tiempo, es cierto, pero la mayoría de sus indispensables podían viajar sin necesidad de camionetas o sobrepeso. Los parlantes, los audífonos, cinco calzoncillos. Qué más. Por lo demás, pensaba Arturo, era una manifestación clara de desapego, y por ende libertad. Y sin embargo, al conectar una cosa con la otra, la maleta con su uso, difícilmente este sitio, esta empresa iría a repercutir en mayores oportunidades creativas, o de crecimiento espiritual. O quién sabe. De una forma u otra, es como si la plegaria hubiera sido escuchada: con o sin genuinidad, lo cierto era que esta misma noche podría ponerse a empacar.
- Vamos - le dice Claudia, que baja las gradas y no está lo que se dice risueña.
El tiempo pasa, se nubla, se desnubla, el sol que los acogía se vuelve inclemente, incandescente y ahora les pega en la cara. Hay que irse, ya, y el que más requiere terminar la recolecta es CE11, que sabe que su atuendo y su correcto funcionamiento depende de condiciones climáticas templadas y a quien, con semejante salario, ya no le avergonzaba tanto haberse vuelto tan vulnerable a hazards naturales o sintéticos, físicos o mentales. Emocionales no, no creo: él como ninguno había levantado un campo de fuerza que lo protegía de comentarios tóxicos o desenlaces de evaluaciones de desempeño. Pero no se trataba de cómo se sienta al respecto: la posibilidad de que se estrese estaba latente, sí, cada minuto de cada día, no importa cuánto se invierta para impedirlo, y más que por venganzas sobrenaturales, preocupaban sus prolongadas, costosísimas indisposiciones, su contagioso desdén, su alteraciones impredecibles: en su temperamento y comportamiento con los colegas, sí, pero sobre todo porque eso se reflejaba en bugs, glitches y user-facing issues. “La mente del programador es un templo”, había dicho Víctor alguna vez, y se arrepintió para siempre. No vamos a juzgar la conducta del empleado, por lo menos no en domingo, pero creo que sirve como preámbulo para entender la urgencia con la que actuaron Liliana y Ariel - hípersensibles a todas luces - para sacarlo de allí, de este peligo.
- Vamos. Te vas a insolar.- dice Ariel.
- Te ayudamos.- dice Lili.
- ¿Qué?- dice CE.- No. No pasa nada. Ya acabo.-
- Vamos.- dice Ariel.
No iba tan mal tampoco. A escala mediana su modus operandi hubiera sido más eficiente, y sobre todo hubiera seguido cierto orden: no tanto como determinísticamente, pero sabríamos que un tocte de recogido a partido duraría más o menos tanto. Era excelizable, if you will.
Nada de eso importaba ahora. Lo único que importaba era que no se deshidrate. ¿Actuaron Ariel y Liliana con resolución exagerada, desproporcionada, deshumanizadora? Ya, tampoco. - Estoy bien.- dice CE11.
- Ya estos llevemos con cáscara.- dice Lili.
- ¿Cuántos son? - dice Ariel.
- Como ocho.-
- ¿Acabamos? -
Lili no apoya la iniciativa; lo expresa en su mirada. - Hagamos cuatro más. Yo rompo dos, tú rompes uno, ce uno.
- ¿A él le conoces? - dice Ariel.
CE solo sonríe. - A esa versión.- dice Lili.
- Buebo. Apuren - dice Ariel. - Vámonos de aquí.-
Y bueno, para entonces ya sabían lo que hacían. Rompieron los toctes, guardaron en los posuelos, guardaron en las mochilas, y Lili le dijo a CE - Ten.-
Y le extendió un gorro de visera que tenía un bordado de un valle, con un río, con un sol sonreído, bastante desgastado. A CE no le entró en la cabeza, pero lo llevó puesto igual. - ¿No te queda agüita? - dice Ariel.
- No.- dice Lili.
Ariel, ya como salvador de Tebas, se imagina saltando entre las piedras y llenado la botella desde el centro de la hebra fluvial, desinteresadamente. Pero dice: - Ya nada. ¿Estamos? -
Sorprende que Lili lleve una mochila tan pesada para una expedición tan modesta. - No sacamos nada más.- dice.
- Bueno - dice Ariel.- Vamos por la sombrita.
¿Ven? No ha sido que porque sea tímido, sino porque está insolado. Eso quería decir que su silencio iba a ser aún más tenso. Víctor, en su momento más ‘us and them’ con su primo chico Ariel, le había, de hecho, mencionado que aquellos silencios tensos podían erosionar y transformarse en trabas más serias para la enfocadísima mente del equipo técnico, y que por lo pronto la solución que había encontrado había sido redirigir su atención a hacia un tema ligeramente amusing, ligeramente cortocircuitante del que CE, o quien fuera, supiera más que él. Y que se explaye. Había muchísimos, pero justamente allí yacía la diferencia de sus conocimientos, y había que atinarle: no había peor agravante que deshilachar la maniobra en analgésico y condescendencia: en sígueme, chiquito, there’s danger ahead. Si no, en cambio, jackpot, y nos ahorramos en ventiladores. Pero había que saber atinarle. - CE. ¿Tú juegas videojuegos?